Tras leer un artículo escrito por Mariano Fernández Enguita, resaltaré aquí los aspectos que me han parecido más relevantes.
¿Cómo trabajan los hombres y mujeres libres?
¿Cómo trabajamos cuando nos dejan hacerlo a nuestro antojo? Es posible que ni trabaje, pero, si trabaja, ¿Cómo lo hace? La manera de responder a esta pregunta no es ir a observar una fábrica, ni mirar el horario de apertura y cierre expuesto en la puerta de un bar. La manera es observar a quienes trabajan a su aire, a su propio ritmo, de manera autónoma. Este es el caso de los artistas, campesinos, artesanos, amas de casa... Es decir, de las personas que no trabajan sujetos a un ritmo impuesto por otra persona.
No es ningún descubrimiento decir que el proceso natural de trabajo es un proceso desigual, descontinuo, de ritmo variable, que alterna esfuerzo y descanso... Así trabajan las personas que conservan la capacidad de controlar su propio trabajo.
El tiempo de las organizaciones
Cuando los hombres cooperan, el tiempo de unos condiciona al de otros, y el tiempo de todos puede ser distinto al de cualquiera de ellos. Una gran parte de la actividad social discurre hoy por medio de organizaciones formales. Las más importantes quizás sean las organizaciones productivas. La necesidad de coordinar nuestro tiempo con los demás aumenta en la medida que se desarrolla la división del trabajo y la mecanización. Con o sin cooperación, con o sin maquinaria, todo empleador aspira a obtener de sus empleados la mayor cantidad de trabajo en el menor tiempo.
En consecuencia, no cabe asombrarse, y acaso tampoco lamentarse demasiado, de que la escuela vaya tirando de los alumnos desde sus tendencias naturales a un trabajo discontinuo hacia la regularidad y la continuidad requeridas por la sociedad industrial. Una vez más, la escuela ha de hacer recorrer al alumno en unos años el camino que la humanidad ha recorrido en siglos, ha de reproducir la filogénesis en la ontogénesis. Una de las aportaciones más relevantes de la escuela a la modernización ha sido, para bien y para mal, socializar a los alumnos para su incorporación al trabajo industrial. Pero tirar del alumno quiere decir hacer de puente, constituirse en una figura intermedia, ofrecer un acercamiento gradual, y no pretender que los niños trabajen con la cadencia de los adultos y las escuelas con la de las fábricas u oficinas.
En consecuencia, no cabe asombrarse, y acaso tampoco lamentarse demasiado, de que la escuela vaya tirando de los alumnos desde sus tendencias naturales a un trabajo discontinuo hacia la regularidad y la continuidad requeridas por la sociedad industrial. Una vez más, la escuela ha de hacer recorrer al alumno en unos años el camino que la humanidad ha recorrido en siglos, ha de reproducir la filogénesis en la ontogénesis. Una de las aportaciones más relevantes de la escuela a la modernización ha sido, para bien y para mal, socializar a los alumnos para su incorporación al trabajo industrial. Pero tirar del alumno quiere decir hacer de puente, constituirse en una figura intermedia, ofrecer un acercamiento gradual, y no pretender que los niños trabajen con la cadencia de los adultos y las escuelas con la de las fábricas u oficinas.
El tiempo de las familias
No ubo una época dorada en la relación familia-escuela, salvo que se entienda por tal un tiempo en que la familia entendía poco lo que sucedía en la escuela y mucho menos se atrevía a cuestionarlo.Aun así, la familia está cambiando. Su tamaño es más pequeño, con tendencia a la nuclearización, a la reducción del número de hijos.
Lo primero, es que vamos hacia una diversidad de tipos familiares; segundo, que esto conlleva una alta dosis de imprevisibilidad, que no podemos ni debemos creernos en condiciones de dictaminar de antemano y desde fuera que es lo mejor para cada uno de esos tipos. Y esto tiene dos consecuencias: primera, que el sistema educativo debería presentar una oferta más variada en todo lo concerniente a la organización del tiempo escolar, y no solo entre escuelas sino también dentro de cada escuela (en la medida en que sus dimensiones lo hagan posible y la demanda lo haga necesario); segundo, que en todo lo que concierne a la organización básica de la jornada de los niños, la capacidad de decidir debe desplazarse, en la medida de lo posible, de la profesión al público y del colectivo al individuo. Esto resulta claro, aunque choque con toda una gama de intereses, en la cuestión de la jornada escolar, donde los profesores no debían tener ninguna capacidad de intervención (en el entendido de que su jornada laboral es la que es) y cada familia debería poder elegir según sus necesidades y posibilidades y su experiencia particular con sus hijos.
El tiempo de los alumnos
Sabemos lo que quieren: jornadas y calendarios más cortos, pero, lo que quieren no coincide con lo que les conviene, y por eso tienen que aprender y estar escolarizados. También sabemos que son distintos: tienen diferentes capacidades e inclinaciones, proceden de familias y medios dispares, han pasado y están pasando por diversas experiencias... Sin embargo, la escuela se empeña en que todos aprendan lo mismo, o por lo menos un mínimo de cosas, en un mismo tiempo. Esto es una imposibilidad lógica.
El tiempo escolar no es continuo y monotónico como el del reloj. El tiempo que interesa es en el que sucede algo, y este tiempo no sólo tiene una duración, sino también una intensidad y una homogeneidad. Cuanto más largos sean el calendario y jornada escolares, más distendido será el trabajo escolar, y viceversa.
completa y propia. Muy bien
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